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3 secretos para ganar invirtiendo en cine

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1 marzo, 2018

El cine mexicano produce tanto como en su época de oro. Incluso más. Pero son tan pocas las películas nacionales que impactan a la audiencia que nos preguntamos, ¿alguien gana dinero haciendo cine en México? Resulta que sí. ¿Podrías tú?


Cada año más mexicanos van al cine. Se vendieron 331 millones de entradas durante el año pasado; en 2015, fueron 296 millones, según las cifras de comScore, la empresa que mide en nuestro país a las audiencias, marcas y consumidores en todas aquellas pantallas donde se puede ver algún contenido.

Si se redondea, cada mexicano fue dos veces al cine el año pasado. Una cifra que podría entusiasmar a cualquier inversionista dispuesto a arriesgar capital para conseguir alguna tajada de esta industria nacional que, en 2016, estrenó 90 películas.

Cuando el esquema comercial que permite que una película se vea le otorga a las cadenas exhibidoras 60 por ciento de lo que cuesta cada boleto y 30 por ciento a las distribuidoras, el talento creativo detrás del cine mexicano trabaja con ahínco por recuperar el 10 por ciento restante y se ve obligado a buscar una subvención pública o privada que facilite el trabajo artístico. Como dice la cineasta Rosaura Bichir, “no conozco una sola película que no cuente con algún apoyo público, beca o donación”.

Como muchos otros miembros de esta industria, Bichir reconoce que la producción cinematográfica es un camino cuesta arriba, en el que la participación de nuevos inversionistas se ve limitada a los esquema de patrocinio y deducción de impuestos que la Cámara de Diputados y la Secretaría de Hacienda crearon hace una década.

Con la vigilancia del Instituto Mexicano de Cinematografía, un productor en México puede hacerse de hasta 20 millones de pesos, equivalentes a no más de 80 por ciento del costo de su producción total, de un “patrocinador” que sacará esa suma de su pago del impuesto a las ganancias, siempre y cuando no rebase 10 por ciento de su ISR  generado el año anterior.

Como un posible reflejo del límite de este apoyo, destaca que el costo promedio por película producida en México en 2016 fue de 19.8 millones de pesos, 6 por ciento menos con respecto a 2015.

El Eficine 189, su nombre oficial, se trata de un esquema de crédito fiscal en el que un comité conformado por representantes de la SHCP, la Secretaría de Cultura y del Imcine, revisa los detalles de la carpeta de cada propuesta cinematográfica y “palomea” aquellas que se ciñen a los lineamientos del programa.

Eficine también puede utilizarse, aunque con montos menores, para financiar la distribución y copiado de una película para facilitar la exhibición y, por ende, su impacto en los circuitos comerciales.

Bajo este escenario, un empresario entusiasmado por invertir en cine, motivado tal vez por el glamour que surge de los logros de directores como Alejandro González Iñárritu, los hermanos Cuarón o Guillermo del Toro, y de actores y actrices como Karla Souza, Diego Luna o Eugenio Derbez en Hollywood u otras partes del mundo, se limita a ser un benefactor, cuya posibilidad de hacer negocio se ve constreñida a la deducción de impuestos.

El remake de una industria entera

Hay empresarios mexicanos que buscan que el cine sea un negocio cada vez más apetitoso. Es el caso de Eduardo Carrillo, Presidente de LCI, una compañía referente en la producción nacional de audiovisuales. Desde su creación, en 1965, la empresa que fundó su padre, Luis Carrillo Izaguirre, ha asegurado más de 130 mil producciones. Sus operaciones actuales, además de México, se dan en Norteamérica completa, Colombia, Argentina y España, “por ahora”.

Su visión del negocio cinematográfico, en lo específico, y audiovisual, en lo general, pretende mostrar una nueva perspectiva sobre cómo fortalecer las producciones mexicanas, desde el momento creativo en el que nace un guión, pasando por el aseguramiento de que cada película será terminada y exhibida, llegando hasta la comercialización de mercancías relacionadas, tres ingredientes que, desafortunadamente, suelen interesarle muy poco a quienes hacen el cine de nuestro país.

Eduardo Carrillo sabe que para obtener mejores resultados comerciales (ganancias para el inversionista) invirtiendo en cine nacional hay que recurrir a herramientas que ya son parte de los procesos de las productoras en otros países y que cualquier persona, física o moral, tendría que exigir al productor de una película al momento de entregarle su dinero.

 

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Imagen: Shutterstock

Secreto número 1: Minería de datos

Las herramientas para perfilar historias y personajes a partir de la minería de datos son una realidad que muy pocos en México utilizan para generar vínculos entre sus creaciones y el gusto de las audiencias.

En Estados Unidos, Netflix recurre a estos procesos para asegurar el éxito de sus series, empezando por House of Cards. Basados en el análisis de las preferencias de sus usuarios, los ejecutivos de la empresa estadounidense concluyeron que Kevin Spacey era uno de los actores más buscados por los suscriptores a su servicio, y fue así que lo contrataron para ser, hasta hace unas semanas, la cara de la premiada serie que tiene como protagonista a un ambicioso representante demócrata que, a partir de trampas, traiciones y desfachateces políticas, consigue ocupar la presidencia de Estados Unidos.

“Si las herramientas para analizar el gusto de las audiencias ya están ahí, es hora de que el cine en nuestro país las utilice para crecer aún más”, comenta Carrillo. “Es una pena que algunos guiones que se producen ni siquiera pasan por las revisiones que, por ejemplo, en una industria como la de Hollywood, pueden hacerse durante meses para crear las mejores historias gracias a la revisión de psicólogos, sociólogos, o tantos especialistas que asegurarían que un guión es, de entrada, congruente”.

 

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Foto: Shutterstock

Secreto número 2: Asegurar el buen término
Como una empresa experta en seguros, LCI lleva más de 50 años diseñando e inspirándose en productos financieros que le permitan a un productor que una película se exhiba. Datos oficiales muestran que, en 2016, de 162 películas que se produjeron en México, sólo se estrenaron entre 85 y 90. ¿Por qué? En muchas ocasiones, describe Eduardo Carrillo, a raíz de problemas que pudieron evitarse si el productor contratara un seguro de buen término, entre otros.

Este producto permite que un agente externo a la película, como LCI, analice por qué se retrasa una producción y, como consecuencia, empieza a perder dinero y a comprometer su realización. Una vez detectado el origen del problema y con base en los proveedores aliados de servicios que tienen las aseguradoras, sustituyen al área que no da resultados.

“Muchos directores creen que nos apoderamos de su película porque, por ejemplo y vía este seguro, cambiamos al vestuarista que no entrega a tiempo su trabajo, a quienes deben dar la comida o el equipo de maquillaje”, describe, “pero de lo que nos encargamos con este seguro es garantizar que la película se termine en tiempo y forma, respetando el plan inicial del proyecto”.

 

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Secreto número 3: Mercancías

Como buen experto en mercadotecnia, Alejandro González Iñárritu logró que Amores perros, la película que lo lanzó a la fama mundial, fuera un éxito comercial que, además de la taquilla, vendió millones y millones de discos, una mercancía alterna a la película que generó millones de pesos en ganancias adicionales.

¿Qué otra película mexicana ha logrado algo similar con su música o cualquier otra mercancía relacionada? Se pueden contar con los dedos de una mano, y el potencial comercial de este camino es clave para que un inversionista consiga recuperar su dinero y, lo mejor, obtenga muchas más ganancias.

“El problema es que, ante productores y directores que no cuidan la congruencia e impacto de su guión y no se aseguran de llegar a buen puerto con su película, ¿quién podría arriesgarse a crear mercancías o buscar negocios alternos?”, se pregunta Carrillo, sin un pedazo de retórica.



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