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A propósito del 9M: historia documentada y testimonial de mi machismo

9 marzo, 2020

He sido un macho y un abusador. Si aquí exhibo las fallas de mi conducta es porque pienso que los hombres podemos entender y cambiar.


Escribo esto desde una oficina semi vacía el 9 de marzo de 2020. La mujeres de la editorial no asistieron a trabajar por el paro nacional feminista. Los hombres estamos un tanto resignados a vernos las caras y a suplir las ausencias: más o menos la mitad de las sillas están vacías. Este paro costará al país 2 mil millones de dólares, de acuerdo a cifras del banco Citibanamex: 800 millones de dólares por arriba de la fortuna total de Emilio Azcárraga Jean en 2019, por ejemplo.

Que hoy haya paro es por la urgencia de estos tiempos: en México ocurren más de diez feminicidios al día. Pero también es consecuencia de décadas de un cambio de mentalidad en las mujeres. El cambio correspondiente en nosotros, los hombres, sigue por desgracia en el medioevo.

Si bien yo puedo atestiguar cierta evolución en mis ideas y en mi empatía, me ando con tiento. Mi estupidez acecha, y en cualquier momento (incluyendo en esta columna), puedo proferir una idea misógina o propalar una actitud machista.

1999: el año en que fui rockero… y machista

Remontémonos, para ilustrar, al año 1999. En esa época yo trabajaba en una revista de rock que hoy ya no existe. Pese a que había mujeres en la oficina, a mi amigo y a mí no nos importaba soltar a pocos metros de ellas todo tipo de chistes denigrantes, albures y fanfarronerías. Ellas se miraban entre sí, a veces se reían con nosotros, qué otra cosa podían hacer. ¿Era yo consciente de que eso era ofensivo y violento? Sí. ¿Por qué no dejaba de hacerlo? Porque mi amigo y yo estábamos “protegidos” por esa cláusula no escrita de la convivencia social bajo la cual los hombres podemos ser unos bestias. Además, la risa de ellas podía tomarse como una aprobación a nuestra inmadurez. Si de verdad no les gustara, nos hubieran confrontado, ¿o no?

Eran tiempos en los que, si una mujer triunfaba con su talento en el rock, no nos resultaba extraño u ofensivo titular la entrevista con alguna alusión a su belleza como punto de partida para apreciar su música. Ese juicio jamás lo hubiéramos hecho si se tratara de un músico; dábamos por sentado que los rockstars tenían derecho a tener un séquito de groupies, porque de eso se trataba el rocanrol.

En esa época yo tenía muchas reservas hacia el feminismo. Me parecía bien que lucharan por la igualdad en los sueldos y esas cosas, porque finalmente hombres y mujeres somos iguales ante la ley; pero veía ilógicas muchas de sus exigencias, pues consideraba que los hombres y las mujeres no éramos iguales biológicamente, sino que éramos complementarios. A las mujeres las concebía como esos seres maravillosos y frágiles, dadores de vida, y en el Día Internacional de la Mujer las felicitaba (con la superioridad moral que da saber que no se necesita un Día de los Hombres).

Encontraba ridículo, exagerado e incluso tierno que hubiera congresos de abogadas, o de arquitectas, o de cineastas… mujeres. Lo veía así porque un congreso de médicos, o de diseñadores, o de escritores “hombres” es impensable. Aún no se popularizaba la palabra “feminazis”, pero si soy sincero, en esos años pude haberla adoptado a la ligera para referirme a las radicales. 

Desde luego, siempre condené el asesinato de mujeres: pero porque matar está muy mal y más, matar a una mujer. Pero yo no entendía la importancia de hablar de feminicidio, o de combatirlo específicamente. También fui de los que creía que el aborto estaba mal, salvo en casos de violación. Mi postura hacia los ultrajes sexuales era de rechazo; pero contra el aborto enarbolaba argumentos tibios que casi siempre recurrían al dato duro de que yo fui un embarazo no precisamente deseado y mis padres no interrumpieron mi gestación. 

También creía que el machismo es culpa de nuestras madres. Cómo podía ser culpa de mi padre, si a golpes me enseñó a respetar a las mujeres. En mi caso, además, papá a veces se acomedía a lavar los platos en la casa: no era machista. En el caso de muchas otras familias, el padre estuvo ausente, así que tampoco los podríamos responsabilizar de algo en lo que no influyeron. El machismo venía de las madres, sin duda. ¿Y qué decir de esas madres que, a pesar del abandono de los padres, se hicieron cargo de la familia y sacaron adelante a sus hijos? Ellas eran la excepción.

2007: el año en que fui infiel, “chistoso”… y machista

Saltemos a 2007: en ese año me divorcié por salir con una compañera del trabajo. Lo de mi divorcio sí era una pena, especialmente porque teníamos un hijo de dos años. En cambio, salir con alguien del trabajo no era mal visto. Sobre todo porque ella era como quince años más joven y esa vitalidad es lo que un verdadero hombre necesita si su esposa no se la ofrece, ¿o no? A pesar de que era sabido que fui infiel y un mentiroso crónico, yo tendía a atenuar mis faltas: la culpa había sido “de los dos”, y yo no hubiera hecho lo que hice si ella no hubiera actuado de tales y tales maneras. (Aclaro, si queda la duda, que nunca he faltado a la manutención de mi hijo, no he estado ausente, y me he esforzado en ser un “buen papá”; pero que eso no me hace mejor persona, lo digo porque a los hombres luego se nos felicita por hacer lo que teníamos que hacer.)

En ese mismo año, yo publicaba un blog personal, medio autobiográfico, medio en broma y medio en serio, para aligerar mi nueva soltería. Mis posts más populares y comentados eran aquellos en los que hacía mofa de las mujeres: me reía de lo que yo creía eran sus atavismos, sus hormonas y sus expectativas. Por entonces yo pensaba que las mujeres eran —sin remedio— pasivo-agresivas, y gobernadas por sus ciclos biológicos. Las lectoras eran las que más me comentaban, y solían darme la razón, de manera que yo pensé que debía de estar haciendo algo bien.

Viajemos a 2019: el movimiento #MeToo de escritores me señaló entre sus agresores. Ciertamente, mi caso no fue “tan grave” comparado con otros. Lo que ocurrió, entiendo, lo hice sobrio. Pero el hecho de que no pueda recordar cuándo o con quién sucedió, y que al mismo tiempo no puedo negar que haya pasado, habla de que ni siquiera le di importancia. Lo consideré algo cotidiano. La razón tras estos párrafos, ya es clara: toda mi vida he sido un machista. 

2020: nunca es tarde para aceptar que sí, todos los hombres somos machistas

No soy ni seré un golpeador, mucho menos un asesino de mujeres, ni un violador con todas sus letras. Pero en todos estos años sí me burlé de ellas desde el pedestal de falsa autoridad que me da ser hombre, sí me aproveché de mi posición de poder decenas de veces, sí he exigido a mis parejas que se mantengan hermosas, sí les he dicho que están hormonales, sí las he calificado como histéricas, sí las he pensado inferiores, sí he callado a más de una para imponer mi razonamiento, sí les he explicado cosas que ya sabían, sí he denigrado, sí he sido autocomplaciente, sí he sido egoísta, sí he mentido para yo salvarme, sí he usado mi capacidad argumentativa para hacerlas dudar de su cordura, sí he abandonado, sí he traicionado, y en todas esas veces, gracias al patriarcado sistémico que justifica mis actos porque soy hombre, me he salido con la mía.

Pero algún avance modesto en mi entendimiento creo que ha habido. Es 2020 y repudio la palabra “feminazis”, comprendo la necesidad de separar los feminicidios del resto de los asesinatos, celebro el uso de la retórica de la violencia contra los monumentos en las marchas feministas (las pintas, el “vandalismo”), y no marcho con ellas porque ése es su espacio, no el mío, y espero el día en que el patriarcado caiga; no felicito en el Día de la Mujer, defiendo el derecho al paro; defiendo el derecho al aborto y al ejercicio de la libre sexualidad; muy tarde, pero ya me ha quedado claro que, en lo referente al sexo, solamente el sí libre y en pleno uso de facultades significa sí, y todo lo demás es un no rotundo, aunque parezca un sí; me cuido de ya no sacar ventaja de mi posición; entiendo que el humor que se hace desde el privilegio no es chistoso sino violento; reconozco todo lo equivocado que estuve todos estos años, que lavar los trastes o hacer el quehacer no es acomedirse, ni “ayudar”, sino cosas que alguien tiene que hacer; desconfío muchísimo de mi idea clasista, sexista y juvenil de la belleza, y me da vergüenza seguir siendo, a pesar de todo, tan estúpido, ciego y medieval.

No he hecho esta confesión para ser disculpado, ni compadecido, ni entendido, ni justificado, mucho menos aplaudido, sino para que otros hombres se vean en mi retrato y entiendan que hoy no debieron parar las mujeres. Quienes realmente debimos de pararle al machismo éramos nosotros.

 

Lee más columnas de este autor. Te recomendamos: Entendiendo a los bots del aparato de desinformación del Estado mexicano


Felipe Soto Viterbo (Twitter: @felpas) es novelista, editor, consultor narrativo para Vixin Media y director de Etla, despacho de narrativa estratégica.



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