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A veces tienes que rogarle a un empleado odioso que no se vaya

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20 abril, 2018

Ollin Islas, editora y periodista, nos cuenta lo que sucede cuando tienes un mal empleado al que no le puedes decir adiós.


Tengo que confesarles que tengo un talento no deseado que me acosa todo el tiempo: es el talento de perder chambas. No importa qué tan bien haga mi trabajo, qué tan responsable, creativa, discreta, organizada y cumplida sea, siempre sucede algo que no está en mis manos y que me hace formarme en las filas del desempleo una y otra vez. Por eso ya cuando un jefe me cita para hablar y empieza con “esto no tiene nada que ver con tu trabajo, pero… (*ponga cualquier estupidez en este espacio*)” no sé si reírme o llorar.

Les hablo de estos malísimos recuerdos de mi vida laboral porque quizá por ello yo pensaba que todas las personas vivían con temor de perder sus trabajos y que, al menos ese miedo las motivaba a desempeñarse de la mejor manera (es decir, al menos que te quede el digno orgullo de que no fuiste tú, sino la miseria humana que te rodea, la que te dejó desempleado cuando no lo mereces). Pero resulta que no. A veces cuando emprendes te das cuenta de que muchas personas no hacen bien su trabajo; de hecho lo odian, y también te odian a ti nomás por ser el empleador.

Ya les he dicho que hace unos años decidí emprender poniendo una pizzería con mi mamá y mi hermano. Como les conté en este post, en nuestro equipo estaba un empleado millennial al que me robé de otra pizzería ofreciéndole un mejor sueldo. ¿Qué tenía de bueno? El know-how de la masa para hacer las pizzas. Pero tenía muchas cosas malas. Vaya, el chamaco era una roca: sarcástico, burlón, jetón, apático, flojo e impuntual. Aquí es importante señalar que en un negocio de comida nuevo oscilas entre dos estados: por un lado, el momento en que el lugar se llena y trabajas apurado y bajo presión y, por otro, muchísimas horas muertas en las que no te queda de otra más que convivir . En esos periodos huecos me percaté de que el chamaco nos tenía toda la mala leche del mundo. Cuando hablábamos de nuevas estrategias para vender más, se carcajeaba quesque porque se había acordado de algo chistoso. Cuando nos poníamos contentos porque nos pedían tres pizzas a domicilio, él respondía con un “¿eso qué?”. Cuando le pedía con toda amabilidad que se lavara las manos antes de tocar cualquier alimento, se aventaba una cara más o menos así.

 

 

Pero su problema no era sólo de actitud. También quemaba pizzas, olvidaba pedidos, confundía las bebidas y desperdiciaba ingredientes, luz, gas y agua como si no hubiera mañana. Había en su comportamiento un no-sé-qué, era una especie de desprecio por todas aquellas cosas en las que nosotros habíamos invertido con muchísimo esfuerzo, amor, esperanza.

Como se imaginarán, ya habíamos hablado mil veces entre nosotros sobre la urgente necesidad de encontrar a otro ayudante. Yo me moría por tirarle la frase “si no quieres el trabajo, hay una fila de personas que lo necesitan y lo tomarán”. Pero es mentira. Al menos en los restaurantes. En este tipo de negocio rápidamente te das cuenta de que mucho del personal se fastidia rápido, se sabe indispensable y te mete el pie poco a poquito hasta que acabas prácticamente accediendo a todos sus caprichos. Lo confieso: yo accedí. Un día, después de que el chamaco tuvo una pelea mayor con mi hermano, osó amenazarme con renunciar. Y, nada, tuve que rogarle. A él, escuincle grosero, insolente y payaso. Yo, trabajadora intachable, emprendedora valiente, mujer responsable incapaz de quedarle mal a un cliente. Tuve que rogarle que no se fuera. ¿Por qué? Porque no podíamos lidiar con el negocio nosotros tres solos. Teníamos miedo de tardarnos más, no queríamos perder clientes, nos aterraba no poder responder a la demanda. Tantas responsabilidades eran realmente abrumadoras. No podíamos enfrentar un nuevo problema mientras intentábamos sacar a flote el barco. Lo necesitábamos.

Pero todo tiene un límite. El de mi hermano llegó cuando el chamaco, que aún no había cumplido ni un mes con nosotros (y ya llevaba 8 retardos, dos faltas e incontables errores de servicio) nos dijo que quería una semana de vacaciones. Lo habíamos tratado con respeto. Habíamos hecho un enorme esfuerzo para pagarle a tiempo, como debía ser. Habíamos confiado en él. Le habíamos ofrecido un mejor sueldo y más condiciones. Soportábamos sus groserías. Nos soplábamos su música emo. Jamás le pedimos más de lo necesario. Y nos exige vacaciones. Mi hermano fue el que se dio el gusto: “claro, tómate las vacaciones, ¡y no vuelvas jamás!”.

 

 

El chamaco actuó como si todo en la vida le importara un carajo, se encogió de hombros, se quitó el uniforme y se dio la media vuelta. Después me echó una mirada de odio y supe que le había dolido. Y es que a nadie, a nadie, le gusta descubrir que no es indispensable.

Meses después, el chamaco regresó a comer pizza. Llegó con su actitud emo y su mamá (que, por cierto, era adorable). Criticó los nuevos sabores que sacamos. Se quejó de nuestra estrategia en redes sociales. Nos dijo varias veces: “pensé que tendrían más gente”. Es decir, se portó tan odioso como siempre. En algún momento se le salió mencionar que extrañaba el sabor de la salsa de las pizzas. Me pasó por la mente que imaginó que el negocio sería un caos y que, al verlo de nuevo, le rogaríamos que regresara. Pero no, estábamos tranquilos, relajados, lo habíamos logrado sin él, aún en los peores momentos. Su intento por volver fue un fracaso rotundo. En una de esas, él aprendió que un día puedes necesitar lo que hoy desprecias. Nosotros descubrimos que, aún con los recursos más escasos, siempre encuentras la manera de salir victorioso.


Ollin Islas Romo es periodista y editora. Fundó dos asociaciones civiles, una agencia de contenidos, una pizzería y una productora de cine que aún no le dan ni un centavo. Twitter: @mulata

Negocios Inteligentes es un medio plural que admite puntos de vista diversos. En tal sentido, la opinión expresada en esta columna es responsabilidad sólo del autor.

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20 abril, 2018
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