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Cuando el ego se interpone a la creatividad: un caso mexicano

11 junio, 2019

¿Qué es más importante? ¿Admirar al genio creador o apreciar el resultado de ideas que surgieron a partir de cientos, quizá millones, de personas?


A mediados de la década de los dosmiles, dos de los mexicanos más creativos a nivel internacional estaban enfrascados en una discusión que ambos describían como “filosófica”. En realidad era más un enfrentamiento monetario y de egos, pero dejémoslo en que las diferencias empezaban en la manera de pensar. Uno de ellos era el director de cine Alejandro González Iñárritu. El otro era el escritor Guillermo Arriaga, quien escribió los guiones de las tres primeras películas de Iñárritu: Amores perros (2000), 21 gramos (2003) y Babel (2006). El cineasta argumentaba que los directores eran los verdaderos autores de sus propias películas y por eso siempre llevaban el mayor crédito. El escritor decía que si bien eso podía aplicar a ciertos autores fílmicos, en realidad para muchas cintas el verdadero autor era el guionista, pues sin un buen guión no habría una buena película.

Incluso, argumentaba Arriaga, que en el teatro el público va a ver la obra de un dramaturgo, y rara vez la puesta en escena de un director. Es decir, uno acude al teatro a ver una tragedia de Sófocles, un entremés de Cervantes, o una pieza de Ibsen, personajes todos ya bastante muertos cuya única aportación fue que escribieron el texto teatral. Esto aún a pesar de que los directores contemporáneos al montar textos clásicos realmente hacen una inmersión creativa para dar una interpretación renovada y actual. En opinión del guionista, eso mismo debería pasar en el cine, al menos con ciertas películas: que el público viera la cinta de un escritor y no lo que un director alcanzó a hacer con el guión.

El caso es que no pudieron ponerse de acuerdo y la dupla creativa se separó para no volverse a reunir nunca más. También aquí me permito emitir mi juicio al respecto: ambos estaban equivocados.

¿Se valen las competencias de creatividad?

La creatividad, como casi todas las habilidades humanas, tiende a ser competitiva. Pero a diferencia del atletismo, la competencia no debe radicar en quién es más atlético, o más creativo en este caso, sino en cuál es la solución más adecuada. La creatividad es natural al ser humano, determinar quién es más creativo es ocioso y es más una cuestión de egos. Preguntarse si el crédito a la creatividad debe llevárselo el director de la película o el guionista, es inútil porque puede ser igualmente creativa la banda sonora, la fotografía, el vestuario, la edición, la actuación, etcétera. Que esas otras creatividades estén supeditadas a lo que indica el libreto cinematográfico, o a las decisiones del director, no las hacen menos esenciales.

En otras palabras, quítenle los músicos al director de orquesta, y sólo tendremos a un sujeto blandiendo ridículamente una varita, como un mago que no alcanza a lanzar su hechizo. Un director como Iñárritu no hubiera llegado tan lejos sin esos guiones y un escritor como Arriaga sería un perfecto desconocido si no hubiera sido por la buena dirección del cineasta. En otras palabras, la creatividad es un asunto de la colectividad y no del individuo.

¿Qué es el coeficiente de creatividad y cómo se mide?

Sin embargo, se han hecho varios intentos por determinar el grado de creatividad de las personas. A esta medida se le llama coeficiente de creatividad. Es como el coeficiente intelectual pero mide qué tan capaz es un individuo de conectar ideas aparentemente dispares para conseguir una síntesis novedosa. El primero de estos tests data de mediados de los años sesenta y fue elaborado por Ellis Paul Torrance, considerado el padre de los estudios sobre creatividad.

En estos tests se miden estos cuatro factores:

  1. Fluidez: el número total de ideas relevantes generadas a partir de un estímulo.
  2. Flexibilidad: el número de categorías distintas en que pueden encasillarse esas ideas relevantes.
  3. Originalidad: la rareza estadística de esas ideas.
  4. Elaboración: el grado de detalle de esas ideas.

Algunos de sus tests consisten, por ejemplo, en mostrar a una persona un objeto de uso cotidiano y ver cuántas funcionalidades distintas y viables puede darle a lo largo de cinco minutos (no más tiempo, porque se supone que pasado ese umbral la creatividad declina). Así, por ejemplo, se le muestra una silla de madera. El examinado puede decir que es para sentarse en ella al derecho, o al revés, o para subirse y alcanzar algo alto, o para detener una puerta, o como arma defensiva o arrojadiza, o como leña, o como juguete para hacer equilibrios, o como xilófono, o para apilar cosas encima, como lavadero, etc. Cada nuevo uso se va contabilizando por su cantidad, pero también por qué tanto se aleja de su uso cotidiano. Mientras más distante sea, se abre una nueva categoría de funciones y se da un mayor puntaje. Al final se suma todo y da un número que es procesado de acuerdo a una estandarización normal.

Se critica que esos tests en realidad no miden la creatividad sino la fluencia de las ideas, que si bien es un ingrediente de lo creativo, apenas alcanza a definirlo. Se pueden aplicar, sin duda, como un índice predictivo de qué tanto una sola persona puede aportar más soluciones ante un problema determinado. Se supone que los líderes suelen tener un mayor índice de fluencia en las ideas, pero eso tampoco define al líder en sí mismo.

La creatividad no se da en macetas

En realidad, decíamos, la creatividad se define por norma como un trabajo en equipo y, sólo excepcionalmente, como un trabajo individual. Daré un mal ejemplo: yo escribí este texto por mí mismo, por lo que podría decirse que es un trabajo “individual”, pero estaría ciego a las innumerables referencias, herramientas y lecturas previas que lo hicieron posible: necesité, primero, del lenguaje, del alfabeto, de la gramática y de la retórica para poder escribirlo. Luego, de un dispositivo de escritura —en este caso, una computadora con acceso a internet—. Después, necesité del concepto de “creatividad” que, aunque no es mi favorito, existe por sí mismo y dio pie a estas reflexiones. Luego tuve que leer un montón de textos previos de gente que ha pensado estos mismos temas con mucha mayor profundidad y método. Al final, este escrito no es más que un pálido ejercicio personal para trazar caminos hacia mentalidades individuales y equipos de trabajo más creativos.

¿Qué debieron hacer Arriaga e Iñárritu en vez de separarse por ideas filosóficas? Reconocer que el talento no se da en maceta sino en la jungla. Que solos no son nadie. Que al final lo que importa es el resultado, no el tamaño en los créditos. Y bueno, que sean mexicanos no deja de ser sintomático. Y que al final el tipo de finanzas decida los salarios a partir de tabuladores injustos basados en una supuesta jerarquía creativa, eso es otra cosa: es el dinero arruinándolo todo, como siempre que se se vuelve la razón de ser y no el medio para lograrlo.

Para saber más de liderazgo, sigue leyendo Liderazgo nivel 5: la clave de tu éxito.


Felipe Soto Viterbo (Twitter: @felpas) es novelista, editor, consultor narrativo para Vixin Media y director de Etla, despacho de narrativa estratégica.



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