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El auge de la Tierra plana y el Conacyt: dos caras de un mismo error

2 julio, 2019

Desde el desdén de AMLO hacia el gremio científico y su simpatía hacia las religiones, hasta gente que quiere demostrar que la tierra es plana, ¿estamos ante un movimiento global contra la ciencia? ¿Y por qué?


Hace pocos días se publicó un documento de nombre enrevesado: “Plan de reestructuración estratégica del Conacyt para adecuarse al Proyecto Alternativo de Nación (2018-2024) presentado por MORENA”. Lo firma la actual directora del Conacyt, la Dra. María Elena Álvarez-Buylla Roces. Tal como su nombre lo indica, es un programa que pretende redirigir los esfuerzos científicos y adecuarlos a un programa ideológico. Se puede o no estar de acuerdo con la ideología morenista (asumiendo que exista tal corriente de pensamiento), pero la historia humana es unánime en sus resultados cuando se trata de alinear el conocimiento con los intereses del poder: el fracaso.

La imposición puede ser explícita, como la que pretende hacer la Dra. Álvarez-Buylla al favorecer los estudios y programas que refuercen o reiteren la mirada del actual presidente López Obrador; o puede ser no explícita, como cuando los intereses más diversos y pragmáticos del capital son los que encaminan (y patrocinan) las búsquedas de los científicos e ingenieros. En ambos casos, al final del camino el fracaso está garantizado.

El ejemplo patético de lo primero lo tenemos en la Alemania nazi, cuando se persiguió a los científicos cuánticos por considerarlos portavoces de “una ciencia judía”, sea lo que eso sea que signifique. Inadvertidamente, esa ceguera ideológica provocó que muchos de los grandes genios de su tiempo huyeran a los Estados Unidos y ahí desarrollaran la bomba atómica. Hoy, los mandarines de la cuarta transformación de México no están solos en su esfuerzo por encaminar la creación del conocimiento hacia un sentido y en detrimento de otras posibilidades. Los acompaña, entre otros, el presidente estadounidense Donald Trump que insiste en negar el cambio climático para impulsar a sus amigos de la industria de combustibles fósiles.

Pero incluso si se permite que sea el flujo libre de los capitales los que patrocinen el avance de la ciencia (lo que vendría a ser la imposición no explícita), el resultado es el mismo camino al fracaso. La razón es que la mayor acumulación de capital significa más inversión en el tipo de conocimientos que convienen a esos intereses y la desinversión en los conocimientos que no aportan ganancias. Lo vemos en la industria minera: se profundizan las técnicas extractivas y de prospección, pero se hace muy poco o nada por cuidar el balance del medio ambiente. Lo vemos también en la carrera armamentista: no hay modo que ese camino lleve a algo bueno. 

Las intenciones planteadas por la Dra. Álvarez-Buylla, pueden estar muy bien intencionadas al promover una “Ciencia Comprometida con la Sociedad y el Ambiente”, como reza el lema de su programa. Es decir, poner orden al libre flujo de capitales para proteger nuestro patrimonio. Como idea a simple vista suena muy sensata; el problema es, desde luego, que el conocimiento verdadero no sigue agendas políticas ni económicas, sino que persigue su propia lógica: el descubrimiento de un fenómeno lleva a más y más descubrimientos en ese campo; el avance en una línea de pensamiento conduce siempre al desarrollo de sus conclusiones lógicas, sin importar si esos fenómenos, o esas ideas, ofendan a un grupo religoso, a un partido, a una comunidad, o no tengan siquiera utilidad práctica. La ciencia debe ocuparse de sí misma y de la verdad, no de si incomoda o no a alguien.

El caso del Conacyt coincide, para mal, con que en los últimos años diversas manifestaciones populares pretenden descalificar los avances del conocimiento científico:

La religión

Ir en contra de la ciencia no es, ciertamente, nada nuevo. Las religiones han intentado por todos los medios, desde hace siglos, de impedir el avance de cualquier sistema de pensamiento que atente contra su narrativa. Hace unos quinientos años sus métodos consistían en quemar vivo al pensador disidente. Hoy ya se vería muy mal esa práctica, y sin embargo aún no les gusta admitir que su idea del cosmos pueda estar equivocada. La razón de este grupo para negar la evidencia científica es la amenaza que representa a su sistema de creencias: si la ciencia es verdadera, entonces la Biblia está equivocada, si la Biblia está equivocada, entonces su religión está fundada en una mentira. No es que sea gente ignorante, al contrario; es sólo que es una píldora fácil de tragar.

Los teóricos de la conspiración

A la par que el pensamiento religioso, está la superstición de las teorías conspirativas. Según esta idea, las grandes multinacionales, en complicidad con los gobiernos, han utilizado a la desinformación y a la ciencia para sus muy oscuros fines. En este campo caben desde los que están en contra de las campañas de vacunación, los que insisten en que el planeta Tierra es un disco plano, los que niegan la evidencia del cambio climático, el Holocausto judío, la caída de las Torres Gemelas por un atentado, los alunizajes o los que piensan que los malos no sólo son las multinacionales y los gobiernos, sino que también están detrás los reptilianos, los Iluminatti, los aliens, los masones, el sionismo, los descendientes de Jesucristo, los comunistas, los neoliberales y cualquier otro grupo con intereses maquiavélicos. Quienes defienden estas ideas, fundamentan su negacionismo en el recelo ante el orden establecido: como el sistema no los privilegió, van a abrazar cualquier pseudo conocimiento que los encumbre como “enterados” de la verdad que se ha mantenido oculta por esas entidades malévolas.

Los pseudocientíficos

Aquí están los que defienden su privilegio o su posición de rebelión usando datos y estudios de muy dudosa metodología disfrazada de ciencia: los supremacistas blancos que quieren demostrar que son genéticamente superiores al resto de los seres humanos, los antiabortistas que quieren negar a las mujeres el derecho a decidir sobre su propio cuerpo, los heterosexuales que no quieren convivir con la población sexualmente diversa; pero también los defensores de causas justas y humanitarias que, olvidando todo rigor científico, basan sus argumentos en datos sin sustento racional. A todo esto se le conoce como sesgo cognitivo, y es un verdadero problema.

Los poderosos

Por último están a los que en realidad no les importa la ciencia, o la religión o la verdad de las conspiraciones sino sacar el máximo provecho y lograr la mayor duración de su posición en el poder. Estas personas estarán dispuestas a usar argumentos religiosos, conspirativos e incluso, por qué no, científicos, con tal de seguir en la cúspide de la pirámide y sacar ventaja de ello.

La tecnología del fin del mundo

Al espíritu anticientífico y la credulidad imperantes hay que añadir dos elementos más: las redes sociales, que dan un altavoz de escala potencialmente global a cualquiera que tenga algo que decir por muy peligroso o idiota que sea. Y por el otro, las herramientas que la inteligencia artificial pone a disposición de cualquiera que desee fabricar las evidencias para dar veracidad a hechos falsos: el video, que antes se consideraba incuestionable, ahora se puede manipular para hacer “decir” o “hacer” algo a otra persona que no dijo ni hizo eso. Y en lo que se aclara que eso es un engaño, su idea envenenenada ya se esparció por la población.

 

Para redondear esta idea, sigue leyendo México no debe darse el lujo de dejar de invertir en ciencia


Felipe Soto Viterbo (Twitter: @felpas) es novelista, editor, consultor narrativo para Vixin Media y director de Etla, despacho de narrativa estratégica.



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