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Entendiendo a los bots del aparato de desinformación del Estado mexicano

3 marzo, 2020

Las cuentas de bots a veces muestran torpeza y otras una coordinación espeluznante cuyos fines aquí trataremos de dilucidar.

Alfredo del Mazo, el virrey que paga para que lo adulen

Con frecuencia inusitada —por no decir muy sospechosa— Twitter muestra en sus primeros lugares de tendencia, tópicos relativos a Alfredo Del Mazo, gobernador del Estado de México. Los usuarios de esa red social vemos un día sí y el otro también, el nombre de algún municipio mexiquense precedido del símbolo # (eso que en inglés se llama hashtag y que los puristas del idioma piden que se nombre “etiqueta”).

Si, movidos por el morbo, damos clic para ver qué fue lo que ocurrió ahí o por qué es tendencia, con decepción vemos no fue algún aparatoso accidente carretero u otro tipo de tragedia. Lo que vemos en cambio son tuits muy mal escritos, casi idénticos, como si hubieran sido hechos en serie, por cuentas de poquísimos seguidores, comentando o agradeciendo que Del Mazo hizo algo.

Parece ser que, en el caso del mexiquense, no se trata de bots sino de personas, un ejército de usuarios (casi siempre mujeres beneficiarias de sus programas de apoyo económico) que, entrenados en el uso de las redes sociales, se dedican a cantar alabanzas al virrey de Toluca. Esto lo informó en su momento el portal Sin Embargo. Ningún usuario verdadero, en su sano juicio, da el mínimo crédito a estos tuits. Por eso, cuando se popularizan etiquetas en favor del priista, como #GobernadorDeLasMujeres el resultado obra en su contra: la mofa y el escarnio. Sobre todo si consideramos que el Estado de México ocupa uno de los primeros lugares en feminicidios e impunidad.

¿A quién sirven las cuentas violentas pro AMLO?

El anonimato de las cuentas falsas facilita que las redes sociales también se usen para intimidar a otros usuarios por medio de amenazas e insultos. Si bien los tuits violentos a veces provienen de cuentas aisladas de individuos antisociales, con frecuencia, la coincidencia de los contenidos lleva a pensar que hay intencionalidad (y dinero) de por medio.

El historial de cuentas dedicadas a enviar contenido violento, sobre todo a periodistas, activistas y opinólogos, es tan antiguo como las mismas redes sociales. Sin embargo, en últimas fechas ha surgido una suerte de porros digitales (“trolls”, pero versión 4T) que, con pobres o nulos argumentos y sí mucha exhibición de amenazas, parecieran defender las políticas del presidente Andrés Manuel López Obrador.

Por ejemplo, tras la polémica liberación en Sinaloa de Ovidio Guzmán, hijo del narcotraficante Joaquín “El Chapo” Guzmán, surgió, entre otras, la etiqueta #PrensaProstituida. Este hashtag se usó para intimidar a los periodistas que cuestionaron la acción gubernamental en ese operativo. El análisis del comportamiento de las redes que promovieron esa tendencia evidenció que se trató de una acción coordinada con uso de bots o cuentas falsas. La semana pasada, el Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (Inai), exigió al poder Ejecutivo que entregara un informe de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana (SSPC) sobre si hubo pago a los bots involucrados en esa tendencia artificialmente inflada. Hasta ahora, la presidencia ha negado tener nada que ver con eso. Pero ¿realmente esa hipótesis está fundada? 

La única evidencia es que, desde que era candidato, Obrador implementó la estrategia de polarizar a sus audiencias. Esto se logra promoviendo tópicos cuidadosamente elegidos que, por un lado, generan el aplauso (o por lo menos la indiferencia) de una parte de la audiencia, al tiempo que desatan el odio irracional de la otra parte. La cancelación del aeropuerto de Texcoco, la petición a la corona española de disculpas por la Conquista, la rifa del avión presidencial o culpar a un régimen económico de la muerte de una niña de siete años, tienen en común que son temas a todas luces insensatos. Su virtud, sin embargo, estriba en que a su base de votantes los tienen sin cuidado, pero a quienes lo odian les da motivos palpables para detestarlo. Esa diferencia de posturas ante un mismo tema basta para que sin mayor esfuerzo el tema central siga siendo él.

Es posible que un efecto colateral, involuntario, de esa polarización sea la formación de grupos “espontáneos” de simpatizantes de su política. De ser así, cabe suponer que, por propia iniciativa se dediquen a intimidar en redes sociales a quienes piensen distinto. Su conducta se explica virulenta nace de su incapacidad de argumentar, sumado a que muchas de las iniciativas del mandatario son indefendibles de suyo. La única manera que ven de “enderezar” la agenda en su favor es imponiendo miedo para acallar a los críticos.

Es factible también la hipótesis conspiracionista (a veces promovida por el propio Obrador desde su pedestal mañanero) de que no son simpatizantes sino los mismos adversarios del gobierno actual los que, para desprestigiarlo, están detrás de esos grupos violentos que simulan apoyo al presidente.

Circula en redes la versión contraconspiracionista según la cual, es el propio López Obrador (o alguno de sus operadores) la mente maestra detrás de sus propios opositores. Esta hipótesis llega tan lejos como afirmar que el ex presidente Felipe Calderón está jugando a favor  de, y en complicidad con su supuesto archienemigo al montar una oposición tan torpe que, al final, favorece al actual hombre en el poder. En esta versión, los bots violentos vuelven a estar a las órdenes de Obrador para hacer parecer que en realidad están a las órdenes de sus adversarios.

Cómo manipular a la opinión pública

Las personas formamos nuestro criterio a partir de datos muchas veces dispersos: lo que nos contó un amigo, sumado a posts que leímos en redes sociales, más lo que comentó el locutor de la radio, el video que vimos en YouTube, el artículo que leímos en un portal, el meme que nos compartieron en Whatsapp, etcétera. Todo eso, cruzado y alterado por factores tan peregrinos como nuestras opiniones y creencias previas, nuestras filias y fobias, nuestra sensación de seguridad al expresarnos, nuestro lugar en el mundo, nuestros privilegios, nuestras carencias, nuestra capacidad de análisis y la noción que tenemos de cómo deberían de ser las cosas. El resultado es eso que denominamos opinión personal.

Es curiosa la valoración que hacemos hacia nuestra propia opinión: sabemos que es incompleta, pero actuamos como si se acercara mucho a la verdad. También —sobre todo si vivimos en un régimen con apariencia de democrático— la consideramos libre y respetable. 

Cuando un argumento la confronta, nuestra primera reacción es ignorar ese razonamiento, o atacarlo desde la visceralidad. Por lo común, sólo reconsideramos nuestro criterio (a regañadientes) cuando alguien a quien consideramos mejor opinado que nosotros adopta ese nuevo argumento. O cuando la realidad o las amenazas destruyen nuestra postura con su crudeza.

Por otra parte, cuando una información (aunque sea falsa) corrobora nuestro punto de vista en sus ángulos más emocionales, la usamos como prueba demostrativa, y la compartimos como una manera doméstica de tratar de imponer nuestra verdad.

Saber que las personas construimos nuestra perspectiva del mundo de esa manera, permite encauzar la opinión de las mayorías, eso que se conoce como manipulación de masas, materia en la que López Obrador ha demostrado ser un experto y Del Mazo un novato.

 

Lee más columnas de este autor. Te recomendamos: Feminicidios colocan al régimen de AMLO en un punto de inflexión


Felipe Soto Viterbo (Twitter: @felpas) es novelista, editor, consultor narrativo para Vixin Media y director de Etla, despacho de narrativa estratégica.



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