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La brillantina rosa es más que un meme: es un poema

26 agosto, 2019

¿Y eso qué tiene que ver con los negocios? Paciencia, que el tema está mucho más interesante y sabroso de lo que a simple vista pareciera


Lo vimos hace dos semanas y era imposible ser indiferente a ello. Ocurrió en la manifestación feminista del lunes 12 de agosto en la Ciudad de México. La protesta se convocó por algo gravísimo: la madrugada del 3 de agosto cuatro policías violaron a una menor de edad en la alcaldía de Azcapotzalco. Cuando salió el secretario de seguridad, Jesús Orta, a “dialogar” con las mujeres congregadas, alguien le lanzó una bomba de brillantina: una nube rosa envolvió al funcionario. El pegajoso polvillo aterrizó en su cara y su peinado engominado. Pobrecito. La jefa de gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, irreflexivamente calificó a ese acto como una “provocación”. La procuradora de justicia, Ernestina Godoy, anunció que se abrirían carpetas de investigación para hallar a las provocadoras. 

La broma (o el “ataque”, según quien lo narre) duró dos segundos. Pero las cámaras de la televisión y de los smartphones que apuntaban al procurador lo registraron desde varios ángulos. Es posible que el hombre encontrara brillantina en su cabello hasta dos o tres días después, pero sin duda el evento tuvo mucha más duración en las redes sociales. No sólo en la repetición frenética de Orta recibiendo el glitter en la cara, sino en su mutación final: la diamantina como un símbolo de la causa feminista. Quienes simpatizan con ese movimiento alteraron las fotos de sus perfiles en redes sociales con filtros que hacen parecer que los envuelve una nube de brillantina rosa.

Había nacido un meme que se viralizó y se volvió el símbolo de una lucha ciudadana. Pero diré más: había nacido un poema.

 

¿Qué es un meme y por qué?

Antes de generar confusiones, quiero explicar que un meme no es solamente esos materiales humorísticos o irónicos que las redes sociales encumbran y olvidan un día sí y el otro también. Son algo más complejo. De entrada, la palabra meme es por lo menos unas tres décadas anterior al auge de las redes sociales electrónicas.

El vocablo lo acuñó en 1976 el etólogo y biólogo inglés Richard Dawkins en su libro El gen egoísta (The Selfish Gene). En él habla de que no son las poblaciones o los organismos las que buscan sobrevivir de una generación a otra. Mucho antes que esas categorías, los verdaderos amos de la supervivencia son los segmentos aislados de información contenida en el ADN, es decir, los genes.

Al llegar a la población humana, sin embargo, Dawkins observó que las mutaciones genéticas ya no son el principal vector de avance evolutivo. Ese mismo mecanismo de selección natural pasó del interior de los cromosomas a algo más abstracto: la cultura. Con el mismo afán de llegar a la partícula equivalente al gen biológico, inventó la palabra meme. La etimología resulta de una mezcla entre el término en inglés gene (gen) y el griego μίμημα (mīmēma, lo que se imita; misma etimología de las palabras castellanas mimo o mimético).

Cada meme, bajo esta teoría, sería una unidad cultural que se imita y se comunica. La razón de esta imitación es que facilita la supervivencia social de los individuos. En la medida en que nos apropiamos de los memes que circulan a nuestro alrededor y los usamos con otras personas, como buenos seres sociales que somos, esos memes se esparcen. Algunos se viralizan, la mayoría muere enseguida, casi todos mutan, y unos poquísimos se establecen como parte del capital cultural más o menos permanente que nos define.

Entendámoslo de una vez: los memes son literalmente cualquier cosa, y su vigencia es de unas pocas horas o de varios siglos.

Cada palabra de nuestro idioma es un meme. La gramática con la que ordenamos esas palabras, también lo es. Lo mismo el acento chilango, regio o argentino con el que hablas y te delata en otras regiones en cuanto te escuchan. Tu manera de vestir obedece a los memes que validan los atuendos. El género sexual que te define, sea femenino, masculino, o las distintas gradaciones de lo queer, también es un meme. Tu peinado, tus tatuajes, tu maquillaje, tu concepto de belleza y de fealdad, los arreglos que te haces para ocultar el paso de los años, lo que comes y las recetas con las que se prepara, los tacos, las hamburguesas, las pizzas, el sushi y los chiles en nogada. También lo son tus gestos, tu manera de besar, de ligar y de enamorarte, tus gustos adquiridos, tu afición por el futbol, la música que amas y la que detestas, tu religión o tu ateísmo, tus expectativas en la vida, tus series favoritas, y, desde luego, los memes a los que reaccionas en Facebook, Twitter, o la red social que prefieras.

Podría darse una definición apresurada (y evolutiva) de cultura como “el conjunto dinámico y siempre cambiante de memes que se transmiten de una persona a otra, de una comunidad a otra, y de una generación a la siguiente”.

 

¿Un meme o un poema?

Decía que con el proyectil de brillantina rosa había nacido un meme, pero más aún, había nacido un poema. Definamos poema como el meme perfecto, trascendente, porque el tamaño de su significado es mayor a la suma de los elementos que lo componen. Los elementos evidentes aquí son: una manifestación de mujeres, un funcionario público, una bolsita de brillantina rosa. Pero aquí pesan mucho más los elementos ocultos que dan sentido a esa yuxtaposición de elementos visibles. Ese meme está compuesto de la impunidad y la indolencia de unas autoridades que no entienden que no están entendiendo, de la cultura machista imperante que por tibia sólo atina a quejarse de los actos vandálicos, pero ante todo del problema central, urgente, devastador, de las mujeres asesinadas, de las mujeres desaparecidas, de las mujeres violadas, de las mujeres violentadas en este país que revictimiza, que minimiza, que cierra los ojos en lugar de exigir a las autoridades a que den seguridad a su población.

Esta es una columna de negocios. Quizá a algún lector pueda parecerle que estos temas no tienen espacio aquí, pero estaría equivocado. Primero, porque es mi espacio y hablo aquí de lo que quiero. Segundo, porque en estos tiempos es necesario visibilizar y solidarizarnos con quienes se atreven a levantar la voz. Pero sobre todo porque hablar de memes, de poemas y de mujeres que arrojan brillantina sí es un tema de negocios para quien tiene la capacidad de mirarlo. No vamos a vender brillantina, ni mucho menos vamos a comerciar con el dolor de tanta gente. Se trata de reflexionar que todo lo que se vende, todo lo que se comunica, todas las ideas asociadas a tu producto o servicio son memes. Y en ese sentido, la brillantina fue disruptiva, innovadora, y todo eso que le adjudicamos a las ideas que cambian paradigmas.

El chiste es saber si los memes que quieres impulsar tendrían por sí solos una duración de pocas horas, o si por el contrario, con tu marca has logrado crear un poema viral perdurable, que como un gen egoísta puede triunfar en la guerra por la supervivencia del meme más apto. Pero de eso hablaremos en otra ocasión…

 

Para seguir filosofando sobre ideas disruptivas sigue leyendo ¿Existe realmente tal cosa como el pensamiento “lateral” o pensar “fuera de la caja”?


Felipe Soto Viterbo (Twitter: @felpas) es novelista, editor, consultor narrativo para Vixin Media y director de Etla, despacho de narrativa estratégica.



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