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De la legalización de la marihuana a la marcha en defensa del NAICM: la guerra de ideas que se nos avecina

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14 noviembre, 2018

A nivel global, la guerra de las ideas está desatada: pero en nuestro país el campo de batalla apenas empieza a dibujarse.


En el siglo tres antes de Cristo, Eratóstenes de Cirene determinó que la Tierra era redonda. En 1522, el navegante Sebastián Elcano y su tripulación —sobrevivientes del viaje que tres años antes inició Fernando de Magallanes— lograron dar la vuelta al mundo en sus barcos. No importa: en pleno siglo XXI hay personas que, contra toda evidencia, piensan que la Tierra es plana.

Charles Darwin publicó en 1859 su obra El origen de las especies. Han pasado casi 160 años y aún hay gente que se resiste a admitir que el ser humano es tan primate como los gorilas, los chimpancés y los orangutanes.

Basten estos dos ejemplos para ilustrar que a los seres humanos no nos sientan bien los cambios de paradigma. A Galileo lo procesó la Inquisición por atreverse a poner a la Tierra en órbita alrededor del sol. A lo largo de la Historia idear o actuar distinto al modo de pensar de otros ha sido motivo de cárcel o muerte. Que se mate a seres humanos por sus ideas habla del nulo valor que le damos a la vida, y el encandilado, torpe respeto que le tenemos a los paradigmas, aunque estén equivocados.

Bajo ciertas circunstancias, una persona puede pasar su vida entera sin necesidad de cuestionar o confrontar las ideas que dan orden y sentido a su mundo, de modo que hasta el final de sus días vivió seguro del lugar que ocupaban los espacios, las personas y las cosas. Así solía ser en el pasado y esas ciertas circunstancias cada día son más improbables. En lo que llevamos de vida, seguramente nos ha tocado presenciar más de una revolución de las ideas. Ya es normal ver cómo los paradigmas se voltean, mutan, mueren, nacen nuevos; cómo aquello en lo que depositamos nuestra fe nos decepciona, cómo a veces las certezas de desvanecen y se sustituyen por dudas irresolubles.

Aún así, casi siempre nos gana la intransigencia, la rigidez a la hora de elegir adaptarnos a nuevas ideas. Es natural resistirse, incluso es sano. Las ideas novedosas pueden tener las mismas posibilidades de estar equivocadas que aquellas que pretenden sustituir o por lo menos socavar. ¿Tantos años de formar un criterio que sentimos más o menos sólido para que llegue cualquier opinión y lo derrumbe?

En la guerra de las ideas, los movimientos que pretenden mantener las cosas en su sitio son perfectamente comprensibles. Por eso el presidente electo de Brasil, Jair Bolsonaro, quiere “desideologizar” a la educación. En su manera anti-progresista de ver el mundo, no hay lugar para la diversidad sexual, por ejemplo. Su batalla en contra del avance de los derechos humanos es para defender el paradigma tradicional bajo el que a él lo educaron, sin importar que eso pueda afectar las libertades legítimas de otras personas. Desde luego, a su guerra se ha unido una buena parte del electorado brasileño que también es sensible al embate de las ideas de avanzada sobre las certezas en las que fincaron su vida.

Lo mismo puede decirse del electorado que quiere a Donald Trump al frente del gobierno estadounidense. Quieren mantener el orden que conocen, no importa que, en muchos casos, ese paradigma no los favorezca: más vale malo por conocido.

También vale para la resistencia a los cambios que, antes de que comience su mandato, ya está imponiendo el presidente electo Andrés Manuel López Obrador. Dos casos emblemáticos: su cancelación de la construcción del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, y la jurisprudencia y proyecto de ley por la legalización de la marihuana.

En el primer caso, se realizó una consulta que en su metodología (o ausencia de) dio más la impresión de farsa para justificar una decisión autoritaria. En un México habituado al autoritarismo, resultó desconcertante que, por primera vez, una imposición afectara al sector de la población que rutinariamente se ve beneficiado por las decisiones gubernamentales. Ese desconcierto motivó una marcha el día de ayer que fue en el fondo una manifestación de ciudadanos que quieren mantener el orden que por décadas los ha beneficiado. En contraparte, no hubo marcha memorable en 2006 contra la intervención del ejército en la lucha contra la delincuencia organizada. Tomemos en cuenta que las consecuencias que estadísticamente pueden correlacionarse con esa decisión, igualmente autoritaria, se elevan a unos 200 mil asesinatos y unas 40 mil personas desaparecidas. Son cifras tan altas que se despersonalizan, se desvinculan del drama humano que cada uno de esos números, de esos seres humanos, implicó.

En el segundo caso, el proceso hacia la legalización de la marihuana es otro cambio brusco de paradigma. No sorprende que, entre las reacciones esté el comentado tuit del senador por Nuevo León, Samuel García, en el que insinúa su escepticismo con respecto a si “¿Podrán nuestros jóvenes diferenciar qué no por qué sea legal significa que sea correcto?” (sic). Es una perla que desnuda la idea del país en el que vivimos: un territorio geográfico en el que unas cuantas personas (algunas con pobre ortografía como el aquí citado) han actuado como si estuvieran preparadas y capaces para decidir qué le conviene al resto, que suma millones de individuos. Bajo esa idea, esos millones de habitantes no son capaces de tomar sus propias decisiones. No pueden hacerlo porque su educación es deficiente y su condición económica es precaria. Es el mismo Estado el que ha dispuesto la pobre calidad educativa y ha limitado las condiciones para elevar la calidad de vida, pero eso no se discute. Resulta muy conveniente, pues, que haya elementos para evidenciar la escasa capacidad de decisión de la población, porque motiva a perpetuar a la élite gobernante.

Sin importar que se hagan consultas o remedos de consulta, el estado general de las cosas no ha cambiado: hasta donde se advierte, seguirá siendo un grupo de personas las que decidan por el resto (y saquen provecho de ello). Pero al menos hay algunos aspectos de esa idea que sí socavan la narrativa anterior, quizá para bien.

En el relato que nos rigió durante décadas, para que las personas no se hicieran daño a sí mismas las drogas eran ilegales. Era necesario combatir con todo el peso del Estado a los grupos delincuenciales dedicados a la siembra, el trasiego y la venta de estupefacientes. Ese relato, falaz por donde se le vea, nos lo repitieron hasta que dejó de ser falaz, como una mentira que de tantas veces repetida se vuelve una verdad. Pero la acumulación de muertos, y fosas clandestinas, y desaparecidos, y tráileres paseando cadáveres por el país, y la evidencia de que el negocio que representa el narcotráfico sigue intacto a pesar de todo, comienza por fin a pesar un poco más que la moralina que pretendió proteger a las buenas familias mexicanas de tener hijos drogadictos.

Para la guerra de ideas que se nos avecina cierro con siete principios : 1) los paradigmas están hechos para cuestionarse, 2) no hay idea que al final no pueda ser superada, 3) la intransigencia es una reacción natural, pero al final siempre terminará por ser vencida, 4) en ambos lados de una verdad, habrá siempre paradigmas (ver punto 1), 5) nadie, nunca, jamás, tendrá la verdad absoluta, 6) lo que acabo de decir es la pura verdad, 7) el punto 6 fue una ironía.


Felipe Soto Viterbo (twitter @felpas) es novelista, editor y director de Etla, despacho de narrativa estratégica.

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14 noviembre, 2018
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