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¿Por qué, siendo tan inteligentes, cometemos tantas estupideces?

8 abril, 2019

¿Tú cometes errores o tomas malas decisiones? Desde aquí te adelantamos: no son lo mismo, y en todo caso, te conviene leer esto.

Hay que separar las estupideces de los errores. No son lo mismo. Superficialmente, se parecen. Ambos son eventos desafortunados. Si alguien comete una estupidez, coloquialmente se dice que cometió un error, pero el concepto está equivocado.

El error es el resultado fallido de una experimentación. Es la respuesta incorrecta a una pregunta, pero asumiendo el riesgo de que puede estar equivocada. Ante esa posibilidad, se toman las providencias necesarias. Por eso aprendemos del error y crecemos a partir de cómo los asimilamos.

Lo mejor es cometer errores en condiciones de laboratorio. Es decir, controlar las variables y repetir una y otra vez el experimento hasta determinar los componentes y parámetros más idóneos. En ese ámbito no hay nada más productivo que cometer errores de forma sistematizada: así han avanzado la tecnología y las ciencias.

No siempre se pueden dar esas condiciones. En el espacio de la vida real, por ejemplo, muchas veces es inevitable arriesgarse a un error no experimental. Bajo esas circunstancias, se toman decisiones que, se sabe de antemano, podrían no ser correctas. Pero aún si el desenlace es desafortunado ya hay algo de preparación para las consecuencias. Se asume la responsabilidad del resultado porque desde un inicio se previeron los posibles escenarios y, entonces, los efectos negativos se pueden neutralizar hasta cierto punto. Esos son los errores. Bienvenidos sean. Las estupideces, en cambio, tienen naturaleza distinta de origen: provienen de tener certezas en lugar de tener preguntas.

¿Tienes certezas en lugar de preguntas?

Comparadas con la infinitud del cosmos, son realmente muy pocas las cosas de las que podemos estar totalmente ciertos, aún así nos movemos por la vida como si supiéramos de qué va casi todo. Ese pragmatismo es vital. Sabemos que del lunes sigue el martes, que el agua moja y el fuego quema. Ese tipo de certezas cotidianas son el equipaje con el que nos movemos por el territorio de la experiencia. Las preguntas, por lo común, las dejamos para la exploración de lo desconocido, para el aprendizaje. El balance entre tener certezas y tener preguntas permite evolucionar y desarrollarnos. El problema surge cuando se confunden los términos y lo que debería formar parte del ámbito de las preguntas, se sustituye con certezas. Si a partir de ellas se toman decisiones, ya podemos hablar de actos estúpidos.

Es igualmente grave cuando ocurre al revés: es decir, cuando lo que debería ser certeza —porque ha sido incansablemente probado— se toma como pregunta y se experimenta en lo que ya no debería. Por ejemplo, las personas que han decidido no vacunar a sus hijos, o las que cuestionan la redondez de la Tierra o el cambio climático. A eso ya no se le llama estupidez, sino negligencia.

Las personas más proclives a confundir las preguntas con certezas —en uno u otro sentido— son curiosamente las que se piensan más inteligentes. Esto es independiente de su coeficiente intelectual, que puede ser muy alto o puede no serlo tanto. Lo que sí es desmedida es la imagen que tienen de sí mismas. Han construido la narrativa de su vida a partir de los aciertos, mientras inconscientemente diluyeron la importancia de sus errores. Si un acierto refuerza a otro y los errores los desdibujan, paulatinamente se considerarán infalibles.

Lo peligroso de sus convicciones es que, en el camino, persuaden a más personas. Mientras no sean víctimas de alguna estupidez incapacitante, escalarán sin freno en la jerarquía social, corporativa, política, montados en sus verdades claras y solucionadoras de las carencias humanas.

¿Por qué le creemos a los estúpidos?

Que la gente nos dejemos convencer tan fácilmente es por nuestra natural tendencia a evadir la incertidumbre. Es una tendencia estúpida, desde luego, sobre todo porque es irracional. Tenemos tantas incógnitas y temas no resueltos en la vida diaria que si alguien habla con autoridad sobre algo, da la impresión de que ha vencido a la ignorancia sobre ese tópico. Si sus respuestas suenan lógicas, o armonizan con nuestra visión del mundo, o con lo que suponemos que haríamos si estuviéramos en su posición de privilegio, le creemos.

Lo que no calculamos, al creerle, es que muchas de sus decisiones van a incidir en una esfera enorme de personas. A nivel individual no se nos debe juzgar por tal candidez; no sólo nos ocupan otro tipo de cuestiones más domésticas, sino que la mente es muy limitada para ver la evolución de los efectos en el largo plazo. Lo malo es que la pequeña estupidez o negligencia de una persona, sumada a la del vecino y así sucesivamente, se vuelve inmensurable. La estupidez colectiva proviene del reforzamiento exponencial de las pequeñas limitaciones de unos cuantos.

Es como el tráfico vehicular: en teoría, una vía rápida debería permitir el flujo de automóviles a la velocidad que fuera, porque la rapidez en sí misma es un número que no representa nada: da lo mismo ir a 10 km/h que a 100 km/h. En la práctica no ocurre así. Mientras más autos hay, la vialidad se ralentiza porque se suman las estupideces mínimas de los conductores de cada uno de esos autos: el enfrenón de uno provoca el enfrenón de los cien que vienen detrás, y entonces eso es un caos (y espérate a que dos o más choquen).

De igual forma, la persona llena de certezas, convencida de su inmunidad a los fallos, va a cometer una serie de estupideces como todo el mundo, pero las consecuencias serán poblacionales. El peligro aumenta porque como está habituada al reforzamiento de sus aciertos y a la desacreditación de sus errores, no puede mirar su propia estupidez. No importa la magnitud o qué tan frecuentes sean, no va a admitirlos, ni relacionarlos a las consecuencias nefastas.

Soy un estúpido, ¿qué puedo hacer?

La buena noticia es que es posible, hasta cierto punto, reducir tu estupidez individual (la colectiva tomará más tiempo).

El primer paso es confrontar y asumir que de ser muy estúpido nadie se salva. El segundo es darte el tiempo y la humildad de distinguir si tu certeza no debería de ser una pregunta, o al revés: si no estás haciendo una pregunta de lo que ya es certeza. El tercero es hacer conscientes los errores y, de preferencia, aprender a sistematizarlos como método de aprendizaje; equivócate con orden y método y estudia esos errores: por qué pasaron, qué salió mal, qué debió de hacerse. El cuarto es no decidir si no tienes información suficiente. El quinto es no decidir si los efectos de tu decisión mal informada van a afectar a terceros que ni la deben ni la temen.

Una de las certezas más extendidas sobre este asunto es que es mejor tomar decisiones que no tomarlas. Bueno, es una estupidez. Hay que tomar decisiones informadas, reflexionadas, con las consecuencias asumidas, a partir de haberse hecho las preguntas adecuadas, eso sí. Pero eso de decidir porque “hay que tomar decisiones”, es una pésima decisión.


Felipe Soto Viterbo (Twitter: @felpas) es novelista, editor, consultor narrativo para Vixin Media y director de Etla, despacho de narrativa estratégica.



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8 abril, 2019
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