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¿Qué hará AMLO con el maíz transgénico en México?

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13 agosto, 2018

Aunque está prohibida su producción, en nuestro país el 90% del maíz que comemos es transgénico.


Se acaba de dar el primer antecedente legal de que el glifosato, una sustancia que se encuentra en algunos pesticidas, provoca cáncer. Un jurado en California declaró que la empresa Monsanto debe pagar una indemnización de casi 300 millones de dólares al estadounidense Dewayne Johnson por daños. Monsanto es la mayor productora de transgénicos en el mundo, además de que es una de las compañías que regularmente es considerada dentro de las más “malvadas”, y enfrenta casi 5 mil casos similares en Estados Unidos por dos de sus productos: los herbicidas Roundup (Faena en el mercado mexicano) y Ranger Pro. Los transgénicos se refieren a los productos con  genes modificados a través de la bioingeniería. Esto significa que tienen rasgos de otras especies, todo con la finalidad de fortalecer al producto.

Monsanto también está presente en nuestro país y, de hecho, su influencia en los productos mexicanos es muy importante, tanto así que han estado involucrados en la redacción de la Ley de Bioseguridad de Organismos Genéticamente Modificados.

Transgénicos, Monsanto y AMLO

Actualmente en nuestro país, la agricultura a gran escala está dirigida por seis empresas: Bayer de México, Syngenta Agro, FMC Agroquímica de México, Dow Agrosciences de México, Dupont México y Monsanto Comercial. Estos llevan la venta de químicos, semillas y pesticidas. En nuestro país está prohibida la producción de transgénicos, pero no su compra ni su importación; por ejemplo, cerca del 90% del maíz que consumimos tiene uno de estos genes. Además, Monsanto controla cerca del 70% de la producción de semillas en México. El proceso desde que una semilla Monsanto se crea hasta que se planta es el siguiente:

Se crea una semilla paternal que se planta para que se reproduzca. Las semillas que salen de aquí se pintan de rojo para identificarlas, se empaquetan y son vendidas a los agricultores mexicanos. Convencido por todas las ventajas de esta súper especie, el agricultor decide sembrarlas. El problema es que son estériles; es decir, aunque dan frutos más grandes, no dan semillas. Esto significa que deben seguir comprando a Monsanto.

Otro punto importante es la mejor conocida como Ley de Bioseguridad de Organismos Genéticamente Modificados. Establece que si un agricultor compró semillas Monsanto y, por alguna razón, llegan a dar al cultivo de un agricultor vecino, la empresa puede demandarlos a los dos. Al primero por “vender” sus semillas y al segundo por sembrarlas sin contrato.  El problema es algo que nosotros citadinos no entendemos, pero es muy común que el viento lleve semillas de un campo a otro y que estas crezcan.

En cuando al futuro de estos productos en nuestro país, como parte de su promesa de autosuficiencia alimentaria, el Presidente Electo ha dicho que luchará contra los cultivos transgénicos. Al parecer, la nueva estrategia para incrementar la producción nacional será invertir en tecnología tradicional, bajar la dependencia de productos extranjeros y dividir a la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (Sagarpa) en cinco regiones: noroeste, noreste, mesa central, bajío y sur, cada una con objetivos diferentes.

El debate

Hay dos posturas principales en cuanto al uso de transgénicos que van más allá del punto de vista del agricultor: la comunidad científica, facciones políticas y activistas tienen un opinión sobre este tema. El primer punto es si este tipo de cultivos dañan la salud. Según este estudio que se hizo entre 1996 y 2006, no hay relación entre afectaciones a la salud y el consumo de transgénicos. Pero por eso es un debate: en internet puedes encontrar millones de opiniones que digan lo contrario. También existe la idea de que casi todo lo que comemos está alterado genéticamente; como prueba, puedes ver cómo hemos modificado a las sandías a lo largo de la historia.

El segundo punto es si ayudan o no a crecer la producción. El mismo estudio concluye que como son más resistentes en general (pesticidas, enfermedades, plagas, etc.) sí aumentan la producción. El problema con esto es que las especies endémicas de una región no pueden competir con las nuevas y se pierden. Desde un punto de vista de conservación, esta no es la mejor opción. Por otro lado, este tipo de producción es de las más prometedoras para acabar con la escasez de alimentos.

Derivado de estos dos temas está el debate del glifosato. El pesticida acaba con los maíces tradicionales, mientras que los modificados son muy resistentes a él (vale la pena recordar que ambos son producidos por Monsanto). Además, desde el 2015 es una sustancia que la OMS califica de posible cancerígeno. A esto también hay que sumarle la nueva decisión de la corte en California. Todo parece indicar que, por lo menos en cuanto al glifosato, el debate ya se acabó (Monsanto sigue diciendo que no es cancerígeno).


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