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¿Qué vale más? ¿salvar los aranceles o a las personas?

25 junio, 2019

Las migraciones masivas no son un fenómeno que vaya a detenerse. Más aún: el cambio climático va a agudizarlas. Pueblos enteros desplazados por sequías, ciclones, incendios, olas de calor, guerras. ¿Qué postura tomar?

Milenios antes de establecernos en ciudades, la especie humana era migratoria. Nos movíamos de un campo de caza y recolección a otro, según las estaciones del año y la disponibilidad de alimento. La lentitud de nuestros desplazamientos no podrían equipararse a las grandes movilizaciones anuales de algunas aves, las ballenas o los insectos. Nos movíamos por una tierra que no tenía fronteras ni más obstáculos que los litorales, los grandes ríos, los desiertos, las barrancas o las cadenas montañosas.

Quedarnos en un lugar fijo nos era antinatural. La mitología de muchas naciones, desde los aztecas a los judíos, a los maoríes, contempla el relato de una larga peregrinación originaria hasta su asentamiento en una tierra prometida. El verso de Fernando Pessoa “Navegar es preciso; vivir no es preciso” hace eco de esos desplazamientos antiguos.

Como sea, eso es pasado remotísimo. Ya contamos milenios habituados a la insalubridad de las ciudades, a la ilusión del terruño y la ficción de las fronteras. Haciéndonos la guerra cuando la única opción de movimiento es la invasión. Ya todo está ocupado: todo es tierra de alguien más. Aún así, hay pueblos enteros que no tienen más remedio que moverse a través de la tierra ocupada porque la vida se ha hecho imposible en el lugar de origen.

La visión desde el migrante

Salvo en los casos de pueblos nómadas, o en los que se ha establecido un ciclo estacional de desplazamientos migratorios en los que se parte y se regresa a la tierra originaria con regularidad, la migración involucra un exilio, una ruptura con la cultura originaria. Sea individual o en masa, se buscan mejores condiciones de vida. Las motivaciones deben ser terribles cuando la migración es de altísimo riesgo —como ocurre con la que atraviesa nuestro territorio hacia los Estados Unidos—, y además involucra un elevado costo pagado a estructuras ilegales de tráfico de personas.

Se puede argumentar la falta de información en el migrante, que desconoce o quiere ignorar los peligros del camino, el infierno de los desiertos y la letalidad de las personas que van a impedirle llegar. Se sabe de la persuasión de los grupos delictivos que reclutan a familias enteras con falsas promesas de mejores condiciones de vida, y un viaje seguro por sumas altísimas de dinero a personas que apenas pueden costearlo. Se sabe de la inercia de pueblos enteros que se vacían de personas porque otros antes han partido y sobrevivieron. Porque no hay otra cosa que hacer más que no quedarse

Es triste tener que subrayar que son seres humanos. Desgraciadamente, la narrativa que los envuelve, a conveniencia de un sistema que no sabe administrarlos, de banderas electorales y nacionalismos rancios, quiere pintarlos como indeseables: ilegales, inferiores, escoria.

La visión esquizofrénica de un país de paso

Al inicio del presente sexenio, la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, anunciaba una nueva política migratoria en la que se brindaría seguridad a las personas que cruzaran nuestro territorio en su búsqueda por entrar a los Estados Unidos.

Su visión era encomiable desde un punto de vista humanitario y devolvía a México su papel histórico de país que recibe a los refugiados. Sin embargo, pecó de ingenua. Dar paso franco a centenares de miles de migrantes provenientes de Centroamérica hacia los Estados Unidos era ignorar que cruzando la frontera norte su presidente, Donald Trump, ha estado empecinado en construir un muro para contenerlos. Un muro que, cabe recordar, prometió que México pagaría con creces.

La nueva política de apoyo al migrante, inadvertidamente le regalaba a Trump herramientas estadísticas y cifras abultadas en el incremento de las detenciones fronterizas. Oro molido para que él y los periodistas de Fox News justificaran las atrocidades en contra de las personas, de las familias, que cruzan sin papeles para establecerse en territorio estadounidense. Era darle pretextos para un día cualquiera —complaciendo la xenofobia de los votantes que pueden reelegirlo— amenazara con imponer aranceles de hasta 25% a las exportaciones mexicanas mientras no se resolviera el problema migratorio.

El resultado son por lo menos seis mil elementos de la Guardia Nacional haciendo intempestivas detenciones en masa de migrantes indocumentados para poder salvar los intereses de nuestro comercio exterior. Y Olga Sánchez Cordero declarando que no sabía ni por dónde entraron en mayo 144 mil centroamericanos por nuestra frontera sur, cuando ella creía que sólo entrarían a lo mucho 30 mil al mes. ¿Pensaba acaso que los traficantes de personas no iban a aprovecharse de su política de fronteras abiertas?

Por ahora, el peligro de los aranceles ha sido pospuesto hasta demostrar que se ha frenado el flujo migratorio. Ahora las escenas inhumanas del Estado Mexicano contra los migrantes se van pareciendo cada vez más a las escenas inhumanas que solíamos adjudicar a los Estados Unidos. El muro lo estamos pagando nosotros.

La visión deshumanizada desde el privilegio

Es fácil olvidarse de que quienes cruzan una frontera sin autorización oficial son seres humanos. Verlos como invasores, como criminales, como personas en condición de ilegalidad por el hecho de estar en un sitio que no les corresponde. Es muy sencillo extrapolar de su presencia hacia otro tipo de temores más o menos irracionales: que nos van a quitar los empleos y la comida, que nos van a robar, a violentar, que van a contaminar la “pureza” de nuestra cultura con sus costumbres extranjeras, o peor, la pureza de nuestra sangre con sus linajes. La lista de absurdos puede continuar y ampliarse hasta el delirio.

El hecho es que se les despoja de humanidad y se les mira como a “otros”. Algo comprensible si uno vive en las cercanías a un asentamiento de decenas de miles de migrantes que hace unos días no estaba y ahora ocupa hectáreas de terreno, sin servicios, sin alimento, sin agua. Ni toda la caridad del poblado original basta para darles sustento. Cuando empiecen a pasar hambre y sed vendrá el saqueo, la violencia, la desesperación. No ha sucedido, esperemos que no suceda, pero es una bomba de tiempo.

La visión desde el negocio

Las migraciones no serían incontenibles si no fueran un negocio que se calcula en alrededor de seis mil millones de dólares anuales. Mientras más paguen, más dinero engrosará las arcas de los traficantes de personas. A los dueños del negocio no les importa que el migrante no llegue, que sea capturado y deportado, que muera de sed cruzando a pie el desierto de Arizona, o hacinado con otros cientos de indocumentados en el contenedor de un tráiler abandonado en el desierto: todos pagaron por adelantado. Los traficantes también favorecen que la tercera parte de los que intenten cruzar sean menores de edad, pues así prometen que será más difícil detenerlos. Y en el ínter, la corrupción, el narcotráfico reclutando sicarios de bajo costo, los secuestradores que piden un rescate en dólares a los familiares que los esperan en Estados Unidos, o que los matan sin más, por decenas, los tratantes de mujeres y menores con fines de explotación sexual, los pederastas, los comerciantes del miedo que buscan el poder electoral.

 

Para redondear esta idea, sigue leyendo Trump contra AMLO: la guerra de dos hackers


Felipe Soto Viterbo (Twitter: @felpas) es novelista, editor, consultor narrativo para Vixin Media y director de Etla, despacho de narrativa estratégica.



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