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Si buscas creatividad, empieza jugando con las metáforas

25 noviembre, 2019

Cuando hablamos no somos conscientes de lo enormemente creativos que podemos ser: la creatividad surge de modo espontáneo cuando uno deja que la mente fluya. 


Hay días (como hoy) que sé que tengo que entregar mi columna de los lunes, y por más que le doy vueltas, no se me ocurre de qué hablar. La metáfora que los escritores usan cuando esto pasa es: “el terror de la página en blanco”. Funcionaba muy bien cuando se escribía sobre papel; hoy ya suena muy al siglo pasado. Ahora se escribe en pantallas digitales hechas de millones de pixeles. Pero decir “el terror de la pantalla en blanco” no funciona tan bien.

Uno puede experimentar la inquietud de la pantalla en blanco cuando el internet no está cargando, o antes de que se proyecte una película. Ambos momentos no implican la creatividad de quien ve la pantalla blanca: a diferencia de las hojas de papel, las pantallas se llenan por sí solas.

La metáfora del papel en blanco, por el contrario, funciona mucho mejor. Solamente alguien que se dispone a escribir, o dibujar, o lo que vaya a poner en la hoja de papel, es el tipo de persona dispuesta a mirar un papel vacío de contenido. El resto de los seres humanos no se toman esa molestia: una hoja de papel en blanco sólo tiene sentido como un espacio para llenarse con nuestra inteligencia. 

Esa especificidad es la bondad de las metáforas duraderas: unen conceptos que poco tienen que ver entre sí para provocar una idea novedosa. Una idea trae a la otra y de repente me doy cuenta de que justo eso es de lo que hablaré en esta ocasión. De las metáforas y de por qué tenemos que usarlas tan seguido como sea posible.

 

Las metáforas son necesarias, no petulantes ni aburridas

Trataré de quitar a las metáforas su solemnidad y petulancia. Ya ha hecho mucho daño al pensamiento humano que cosas tan mundanas, que herramientas tan cotidianas como las metáforas, sean circunscritas sólo al ámbito de lo literario, donde se pudren lentamente.

Lo diré de una vez: las metáforas deberían de andar libres y husmeándolo todo. Antes que artificios de poetas, son herramientas del intelecto, y de las más eficientes. Nos es tan natural hablar y entender en metáforas que podría decirse que el habla humana evolucionó gracias a ellas. Nos permiten entender los fenómenos y sus implicaciones desde ángulos inéditos.

En la escuela, en alguna clase de literatura que por salud mental ya hemos olvidado, nos enseñaron las figuras retóricas. Con la didáctica medieval de la enseñanza secundaria en México, memorizamos fuera de contexto un puñado de esas figuras, con ejemplos abstrusos de Sor Juana, Góngora o del Himno Nacional. «El hipérbaton es la figura retórica en la que se cambia el orden de las palabras para lograr un efecto más poético. Ejemplo: “Ciña ¡oh Patria! tus sienes de oliva: de la paz el arcángel divino.”» Ah no, bueno, quedó clarísimo. Desde luego, llegada la adultez, nadie quiere ni pensar qué era sinécdoque, o anábasis, o metonimia, o elipsis, o zeugma: palabras horrendas que, si acaso recordamos, solo nos visitan en nuestras pesadillas.

 

Las figuras retóricas son nuestra mente

En origen, la retórica era la sistematización de los recursos del lenguaje para convencer a las audiencias o a los lectores. Cuando hay un discurso vacío, se dice que es pura retórica. Es decir, palabrería sin sustento en la realidad. Bien usada, la retórica no es palabrería, sino una forma de expandir la mente.

La cantidad de recursos retóricos, según quién lo argumente, van desde alrededor de cien hasta cerca de medio millar. Aún así, dudo que estén enumeradas todas las combinaciones posibles: tiendo a pensar que en cualquier plática o en un texto cualquiera, puede brotar una figura inédita.

El habla humana no es una fórmula exacta de transmisión de las ideas. Puede sustituirse un idioma con otro, usarse una palabra en vez de otra, alterarse el orden de las frases, de los párrafos, acompañarse también de otros recursos: los gestos, la entonación, e incluso tipografías, gráficas, fotos, viñetas y hasta videos o películas. La idea que se transmite permanece fiel a sí misma incluso a pesar de estos cambios y posibilidades de comunicación. Sin embargo, hay puntos de inflexión codificados en el lenguaje que, si se alteran, o si no se definen correctamente, pueden cambiar por completo el sentido: un sí por un no; una coma en el lugar equivocado; una palabra de doble sentido.

Es en esta inexactitud inherente al idioma que la metáfora se arraiga. No es un error del lenguaje sino una manifestación de las conexiones neuronales. En su búsqueda por transmitir la idea de modo más eficiente, la mente busca las salidas más a la mano, o las más elegantes, o las más expresivas. Pero todo el tiempo está retorizando (solo en este párrafo llevo por lo menos cuatro metáforas y otras tantas figuras retóricas de diversa índole). Es la forma natural de nuestra mente de ensamblar conceptos. La idea que se quiere expresar, mientras más abstracta sea, se encarna en analogías que la enmarcan, le dan relieve, la contrastan.

Lo mismo ocurre en sentido inverso: someterse a las metáforas armadas por otras personas, establece conexiones en nuestra mente que tal vez no hubiéramos hecho de otro modo. Y esto no tiene que ver con leer poesía (aunque nunca está de más). Se puede estar leyendo un libro de mercadotecnia, un reportaje periodístico, o un recado en el refrigerador y encontrar ahí la unión de conceptos que no se nos habían ocurrido antes.

El lenguaje humano es —usando otra metáfora— un holograma: la figura que las palabras forman en la mente del lector es tridimensional, pero su ángulo y su definición depende del punto de vista del observador. Usando otra metáfora: es un fractal. Al igual que las circunvoluciones del conjunto de Mandelbrot (la figura que ilustra este artículo) que conforme uno se acerca a mirarlas se expanden en variaciones infinitas, las ideas, al hablarlas también tienden a hacerse infinitas.

 

 

Si te gustó esta columna, lee la anterior: El caso Pilar Sicilia y cómo no se debe de resolver una crisis de reputación en los negocios


Felipe Soto Viterbo (Twitter: @felpas) es novelista, editor, consultor narrativo para Vixin Media y director de Etla, despacho de narrativa estratégica.



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