Logo de Negocios Inteligentes
Síguenos
empty

Todos somos (o podemos ser) expertos en algo. Titularse es opcional

7 julio, 2020

Seas teórico, experimentalista, metodológico o empírico, eres experto en algo, la cosa es que te atrevas a publicarlo.

 

A finales de la semana pasada se hizo célebre entre los economistas el nombre de Nathan Tankus. Todo surgió por un perfil firmado por Peter Coy en Bloomberg Businessweek, que lo presentaba como un joven de 28 años que sin ningún título académico ya es un autor obligado en teoría económica. Rápidamente, medios de todo el mundo retomaron esa historia, un episodio más de nuestra eterna fascinación con la inteligencia humana.

El resumen es así: Tankus aún no termina su licenciatura en derecho, pero sus opiniones sobre el comportamiento del capital son tomadas en cuenta incluso por la Reserva Federal y el departamento del Tesoro estadounidenses. Es un experto que aparentemente salió de la nada, se dio a conocer por medio de sus redes sociales, y fue ganando seguidores poco a poco. “Tankus ha tomado ventaja de la falta de vigilancia en la web, donde un argumento agudo y oportuno en el tópico del día —cualquiera que sea— puede tener más impacto que un artículo arbitrado en, por ejemplo, el Quarterly Journal of Economics o en el American Economic Review”, dice Coy en el citado perfil.

Desde luego, Tankus no salió de la nada: siendo un adolescente, en 2008, leyó A Monetary History of the United States, de Milton Friedman y Anna Schwartz. Un año después, siguió con The General Theory of Employment, Interest and Money por el economista liberal John Maynard Keynes. Si a pesar de sus lecturas tempranas no ha logrado finalizar sus estudios de licenciatura se debe en parte a la falta de apoyo económico. Es apenas hace poco que el pago de los suscriptores a su servicio de newsletter, le ha permitido solventar su avance académico.

Que desde ahora ya sea considerado un experto no implica que desdeñe la vida académica: él se visualiza estudiando un doctorado en derecho. Pero mientras eso ocurre, ya es un experto de clase mundial, sin necesidad de que un título lo valide.

4 vías para ser un experto

En la variada fauna humana, la subespecie de los expertos destaca por su posición privilegiada. Se supone que han estudiado con tanto detalle un campo del conocimiento que sus opiniones en esa materia tienen olor a autoridad. Mejor aún si el conocimiento acumulado les permite realizar predicciones: adelantarse a los procesos de causa y efecto y saber qué ocurrirá en el área que dominan.

Según su método de trabajo, están los teóricos, los experimentalistas, los metodológicos y los empíricos. Los primeros han estudiado el fenómeno de manera indirecta: ya sea a través de lo que otros expertos han escrito o teorizado, o a través de modelos matemáticos o computacionales que se aproximan a la realidad. Así, por ejemplo, el físico inglés Paul Dirac pudo predecir matemáticamente la existencia de la antimateria en 1928, a partir del doble resultado, negativo y positivo, de su ecuación relativista de ondas cuánticas.

Los experimentalistas, por su parte, se dedican a corroborar o refutar lo que los teóricos han planteado. Lo logran por medio de experimentos controlados para observar si el modelo teórico se verifica. Siguiendo el ejemplo anterior, fue en 1932 cuando en un experimento, el físico norteamericano Carl D. Anderson observó que, en efecto, la predicción de Dirac era correcta: la antimateria sin lugar a dudas existe. De algún modo, los teóricos y los experimentalistas son dependientes los unos de los otros y su trabajo en conjunto ha traído los mayores avances científicos y tecnológicos en los últimos siglos.

El siguiente grupo lo conforman los metodológicos. Ellos analizan los fenómenos a partir de alguna fórmula o método de observación, que según su enfoque dará o no resultados aplicables. Un analista económico como Tankus puede predecir variaciones en el comportamiento del capital a partir de algunas ecuaciones y de su intuición, pero siempre puede equivocarse. Una encuesta sociológica puede predecir, con cierto margen de error, el resultado de las elecciones de gobierno. Un estudio del comportamiento puede predecir —de nuevo, con margen de error— la posibilidad de que una persona se convierta o no en asesina. Incluso, un astrólogo intentará predecir el futuro a partir del movimiento de los astros. En este último método, el margen de error es tan grande que las predicciones resultantes no pueden considerarse tales, pese a la popularidad que tienen entre la gente.

Por último están los empíricos, que hablan a partir de lo que les ha tocado vivir. Aquí no se puede hablar de margen de error en sus predicciones porque no hay manera de cuantificarlo. Además, su apreciación es subjetiva. Se basa en la memoria, que es imperfecta y proclive a la invención. Se procesa con el acomodo narrativo de los eventos —y la narrativa, lo sabemos bien, es sumamente maleable—. Eso no obsta para que la experiencia de vida sea una forma privilegiada de adquisición de conocimiento, relevante sobre todo en lo que concierne al desarrollo de la intuición.

Tal intuición es una facultad irracional de la inteligencia humana por la que se predice un resultado a partir de pocos elementos iniciales. Las numerosísimas conexiones neurales se adelantan a las leyes de la causa y el efecto, y sin metodología ni experimentación alguna, surge la predicción. Por desgracia, no es una facultad infalible. Es verdad que una persona experta en algún campo tiende a intuir mejor mientras más conocimiento empírico y teórico acumule, pero no evita que con frecuencia se equivoque. Aunque la intuición mejora con los errores,  una gran cantidad de equivocaciones está más emparentada con la ineptitud que con una mejora en las capacidades intuitivas.

El mito de la erudición: sí y no, es para tanto

El campo de acción de los expertos es tan vasto como la realidad misma. Están los eruditos en cultura clásica, que son capaces de citar a Homero en griego antiguo. O los eruditos en la Historia, que retoman acontecimientos del pasado y detectan si la actualidad se asemeja. Están los académicos, que son expertos en un sólo campo de conocimiento hiperespecializado, pero lo han investigado a tal profundidad que ese reducido ámbito puede iluminar otras disciplinas, dar solución a problemas de todo tipo.

Están, por otra parte, los diletantes de cualquier rama de la cultura, sea exquisita, folclórica, contracultural, pop, basura: ellos comparan el presente con el pasaje de una ópera de Wagner, o hallan el segmento exacto de algún capítulo de Los Simpson que ya había vaticinado el estado actual de las cosas. El sólo hecho de apreciar, ordenar y categorizar la producción cultural ya permite entender mejor el mundo.

Por último, estamos los expertos en la vida. Me incluyo en esa categoría porque ahí todos cabemos. ¿En qué vida? La nuestra. Somos expertos en hacerte perder el tiempo. Cualquier día cualquier persona abre un canal de YouTube, una cuenta de TikTok, un podcast, una tira cómica, una cuenta en redes sociales o una columna de opinión y se pone a divagar. Lo fascinante de todo esto es que la única rama del conocimiento que se necesita dominar es esa oscura ciencia que encierra esos aprendizajes, errores, obsesiones y necedades que nos ha permitido sobrevivir, mal que bien, hasta este punto.

 

Lee más columnas de este autor. Te recomendamos: 

Replanteemos el humor de una vez por todas: nos hemos reído de cosas que no dan risa


Felipe Soto Viterbo (Twitter: @felpas) es novelista, editor, consultor narrativo para Vixin Media y director de Etla, despacho de narrativa estratégica.



Recibe GRATIS las noticias relevantes de negocios y empresas

7 julio, 2020
¿Qué opinas?