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¿Y tú te crees el peligroso cuento fantástico de pertenecer a algo?

19 marzo, 2019

A los seres humanos nos gusta “pertenecer”. Formar parte de un grupo, el que sea, de lo que sea, nos valida. Pero ese cuento puede volverse una pesadilla.

1. El delicado tema de los refrescos

Hace como veinte años, una ex cuñada (hermana de una ex novia) tenía un puesto directivo en Pepsico. Debido a esa circunstancia, prohibía terminantemente que se bebiera cualquier refresco de la competencia; o sea, de Cocacola. Por fortuna, esa legislación se limitaba a la casa de sus papás, donde ella vivía.

Me enteré a la mala de ese tabú, pues en una reunión familiar ella descubrió un envase de Cocacola de dos litros en el refrigerador. Salió vociferando de la cocina, preguntando quién se había atrevido a comprar ese refresco cuando en esa casa estaban pro-hi-bi-dos. Todos los invitados nos miramos desconcertados. Sus hermanos y sus papás intentaron calmarla y ella seguía con su cantaleta de que esa casa era de Pepsi y sólo se podía tomar ese refresco.

El delicado tema de los refrescos volvió a la normalidad en esa casa cuando ella dejó de trabajar para la embotelladora.

2. El dudoso asunto de los tacos de carnitas

Con una disertación errática, la senadora por Morena, Jesusa Rodríguez, recordó, en un video, los quinientos años de la caída de la Gran Tenochtitlan. Vestida con textiles artesanales, habla a cuadro a mitad de un pasillo mientras otras personas pasan junto a ella. Sus ideas —generalizaciones en contra de todo lo que sea español— cierran con una puntada surrealista: una vez que la capital del imperio azteca quedó devastada, decía la senadora, los conquistadores españoles celebraron su victoria comiendo los primeros tacos de carnitas de la historia: ellos pusieron los cerdos y los aztecas sobrevivientes pusieron las tortillas.

Es difícil saber a ciencia cierta si Rodríguez quiso con esto denostar el consumo de carne de cerdo (por ser algo ibérico), o celebrar el mestizaje que representa este manjar. El contexto inclina su juicio hacia la condena. Los tacos de carnitas representan la “derrota” del pueblo azteca a manos de los “invasores”. No queda claro si recomienda dejar de comerlos o si al comerlos debemos de pensar en el genocidio del pueblo azteca. Que una senadora de la República esgrima tales ideas es problemático. No sólo se expone a ser blanco de la burla fácil, su discurso es una arenga de odio.

La consecuencia de la conquista es, para bien o para mal, este país que hoy se llama México. Nadie niega que los españoles asesinaron, arrasaron e impusieron violentamente su fe y sus instituciones. Ya pasaron cinco siglos y no hay modo ni razón para retroceder culturalmente, o pretender que esa conquista no debió suceder (para dar contexto, la civilización azteca tenía un grado de desarrollo equivalente a la Mesopotamia de la edad de bronce, pero con sacrificios humanos a granel). Sí, el México del presente está injustamente dividido en las mismas castas que imperaron durante los tres siglos de la Colonia española. Pero ella no confronta el clasismo, racismo y desigualdad, que han sobrevivido estos cinco siglos. En su lugar, enfoca su odio genérico hacia todo lo hispánico (hablando en español, desde luego). Querer convertir a los tacos de carnitas en símbolo de lo que deberíamos de odiar deriva en lo ridículo. Coincido con varios tuiteros en que La Caída de la Gran Tenochtitlan es el nombre perfecto para una taquería.

3. El grotesco terrorista de Nueva Zelanda

El 14 de marzo, en la ciudad de Christchurch en Nueva Zelanda, cincuenta seres humanos, cada uno con recuerdos, vivencias y sueños estaban rezando en una mezquita. Entonces entró un terrorista armado y les disparó a quemarropa. Mientras los asesinaba y hería a otras tantas personas, desde una cámara sujeta a su casco transmitía la masacre en vivo por Facebook.

Antes de perpetrarla, escribió sus motivos y los posteó también en redes sociales. Su discurso de odio y suprematismo blanco cae en todos los lugares comunes para ese tipo de criminales. En su narrativa que distorsiona la realidad, los europeos están siendo blanco de una invasión de inmigrantes musulmanes o de piel morena. Como solución promueve que otros lo imiten, que los estados fomenten la reproducción de personas de raza caucásica y propone la expulsión de todos los inmigrantes turcos de los países europeos.

¿Por qué los turcos? Según él, porque no son europeos.

Tal vez no leyó un estudio reciente del Instituto Max Plank que decodificó el genoma de los granjeros y agricultores de la península de Anatolia —el actual territorio de Turquía—. Resulta que el componente genético más estable las poblaciones actuales de Europa viene, justamente, de esa península. En otras palabras, todos los europeos son en cierta medida descendientes de migrantes turcos.

Cincuenta personas muertas por culpa de una narrativa absurda.

4. La paradoja de las exclusiones y las pertenencias

A los seres humanos nos gusta sentirnos pertenecientes a algo. Somos animales sociales, necesitamos de las demás personas para todo: para sobrevivir, para reconocernos, para validarnos. Pertenecemos a familias, a países, a porras de equipos de futbol, a empresas. Incluso pertenecer a una marca de refresco lleva a incidentes violentos si la pertenencia involucra exclusión: yo pertenezco, tú no perteneces. Llevemos eso a conceptos nativistas, nacionalistas o raciales y el resultado puede cobrar vidas humanas.

Hay ocasiones, sin embargo, que esa exclusión es necesaria. Por ejemplo, hay expresiones del feminismo que excluyen expresamente a los hombres. Las mujeres necesitan de espacios libres de violencia machista y exigen que los hombres sean excluidos. Los hombres no entendemos que no entendemos y queremos meternos en esos espacios, a veces a la fuerza, porque la cultura nos empodera a ello: sea el vagón del metro exclusivo para mujeres, sea la marcha feminista. Otros ejemplos más de exclusión necesaria: Los afroamericanos exigen que los blancos no pronuncien “la palabra con n”. Los pueblos originarios también exigen que el sistema de consumo no se apropie de sus usos y sus costumbres. La comunidad lésbico gay transexual (etcétera) exige la exclusión de heterosexuales de sus bares y antros.

La razón de la exclusión en todos estos ejemplos es la misma: la asimetría. Si una comunidad con más poder e influencia interviene en otra que por siglos ha sido relegada, la aplasta. Si un asesino llega armado y ataca a gente inocente, hay asimetría y los aplasta. Si un grupo de conquistadores armados con acero, cañones, pólvora y caballos conduce una guerra coordinada contra una civilización milenaria, la aplasta (aunque tengan la atenuante de haber inventado los tacos de carnitas). Si un diputado o un juez quiere imponer a las mujeres sus reglas de cómo deben de usar su cuerpo, también opera la asimetría en su favor. Si un policía armado apunta con su pistola a un afroamericano desarmado, hay asimetría. Si una fábrica multinacional de ropa quiere copiar el diseño de un bordado oaxaqueño, hay asimetría. Si un grupo de hombres heterosexuales quiere ir a ligar mujeres heterosexuales a un antro gay porque las mujeres ya no están yendo a los bares heterosexuales pues se sienten amenazadas, están imponiendo su asimetría. Si un casting para un comercial excluye a personas morenas porque no le resultan “aspiracionales”, es asimetría. En fin, que si uno, en una fiesta quiere tomar un refresco y ahí vive alguien que trabaja para la competencia, también habrá asimetría. Hasta en eso.


Felipe Soto Viterbo (Twitter: @felpas) es novelista, editor, consultor narrativo para Vixin Media y director de Etla, despacho de narrativa estratégica.

19 marzo, 2019
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